Un guiño a las apuestas deportivas

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Hace unos pocos años, cuando Internet comenzaba a desarrollarse tal como lo conocemos hoy, las perspectivas de futuro eran halagí¼eñas. Se pensaba que la conectividad total iba a facilitar que las gentes pudieran interrelacionar sin lí­mites: teletrabajo, intangibles al poder y otras milongas varias. Sin embargo, no han ido por ahí­ los tiros. La tiraní­a de la productividad ha devuelto la balanza al estadio clásico y sólo entonces hemos podido volver a echar una ojeada al estado de Internet. ¿Qué es Internet? ¿En qué dirección se ha desarrollado la red en los últimos 2-3 años?

Muchas cosas están aun en pañales. Otras sí­ han alcanzado su madurez. ¿El qué concretamente? Los vicios y las perversiones. Hasta el punto que los emporios de la pornografí­a y las discográficas se tambalean. Internet ha quebrado estos diques como si fuesen de cartón. Me gustarí­a referirme también al próximo vicio en ser sustituido: los monopolios del juego.

Tradicionalmente el juego ha sido controlado por el Estado en la mayorí­a de los paí­ses en los que se puede controlar algo. Sabiendo que es una actividad muy peligrosa, nociva para un porcentaje no despreciable de la población (aunque posible medio profesional para unos pocos), el Estado decide gravarlo fuertemente y lucrarse con ello. Se convierte en un artí­culo de lujo, para intentar volverlo impopular. Pero sabiendo que es una fuerte droga, una droga que engancha, esto no consigue los objetivos propuestos, sino algo aún mejor: un caudal muy importante de dinero que reflota las arcas del Estado. ¿Qué menos que para un paí­s con una gran tradición católica, los pecadores puedan suministrar servicios a la comunidad para purgar sus deudas?

Sin embargo, llega Internet y las facilidades para tratar con empresas de paí­ses terceros se multiplican por mil. No es tan fácil ya retener a los pecadores y a sus divisas, que huyen a dónde, a dónde… pues a paraí­sos fiscales casi siempre: a Isla de Man, a las Caimán o a Gibraltar, con los monos de Ví­ctor Manuel. Y no existe ley que pueda detener esto, ni presión fiscal que pueda alejar al jugador de su vicio. Se puede apostar por todo: fútbol, baloncesto, tenis, pero también pelota vasca, curling o ajedrez; se puede apostar también en que año se extinguirá el delfí­n albino que vive exclusivamente en el rí­o amarillo, y también por si Oleguer logrará primero marcarle un gol al Madrid en Liga (@4) o dará con sus huevos en los frí­os calabozos de la Ciudad Condal por quemar fotos del Rey (@16). Las opciones son múltiples y existe un campo abierto para los hábiles. El juego se convierte en algo más parecido a una especulación financiera que a una vulgar loterí­a.

Cómo conseguir que los españolitos de a pie sigan apostando en el vetusto juego del 1X2, aquél que hizo millonario a Pepe Isbert en la ficción en tiempos de Kubala. Lo peor es que cuando se adentran en este nuevo mundo, tan inmensamente rico en opciones, el español está en inferioridad de condiciones por culpa de la educación recibida por las apuestas estatales. El español ha sido educado para perder, entre tragaperras y juegos imposibles ¡Años y años jugando cada semana a un juego en el que sólo se puede perder!

Autor: Anja Ander
Blog: Blog de Anja Ander

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