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La chinita lo sabe todo

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í‰rase una vez una niña de ojos rasgados y cuerpo redondo, de piernas cortas y sin cuello, con el cabello largo, lacio y negro, de lentes grandes y gruesos como fondo de botella. Su nombre no es importante. Es más, no recuerdo haberlo escuchado ni leí­do. Lo que sí­ recuerdo es que todos le decí­an chinita, aunque de china china tení­a más de inga o de mandinga.A sus escasos 9 años se las habí­a ingeniado para caerle mal a tantos niños como conocidos tení­a. Pero no era por su voz chillona o por su costumbre de abrazar a cuanto extraño le presentaran como si fuese un viejo amigo de la secundaria. Tampoco era por la habilidad innata para meterse en lo que no le importaba. El verdadero problema era que lo sabí­a todo, lo veí­a todo y lo escuchaba todo.

Por lo menos, eso pensaba ella. Cada vez que la profesora Ximena, una joven docente de voz de ruiseñor, hací­a una pregunta, la chinita siempre esperaba la que otro respondiera y luego decí­a -Sí­, sí­, sí­, señorita-. Mientras aseveraba con tu cabeza de calabaza.

Era tan irritante su costumbre que un dí­a la profesora, harta hasta los codos de escuchar el sí­, sí­, sí­ pensó en voz alta -Sí­, señorita. La chinita lo sabe todo.- Claro que todos sus compañeros rieron. Algunos con recato, cubriéndose la boca, otros, con descaro mostraban los molares ante tremendo comentario de la misma profesora.

Pero la chinita no se daba por aludida. Con ella no era. No habí­a nada personal. Pensaba que se reí­an con ella y no de ella. Sin embargo, ya no podí­a decir el sí­, sí­, sí­. Cada vez que lo intentaba, no faltaba una que otra risita burlona en el salón de clases.

Así­ que cambió de táctica. Una semana después del incidente de los sí­, la profesora finalizaba la explicación del por qué las plantas hacen fotosí­ntesis. Todos sabí­an que ya no se iba a escuchar el acostumbrado comentario de la niña de lentes gruesos. Sin embargo, era el momento. La chinita sabí­a que lo tení­a que hacer. -Yo tengo un tí­o que es ingeniero agropecuario-, dijo con voz de pregonero.

Todos callaron. El silencio fue algo incómodo para la chinita. Hasta la misma profesora no sabí­a cómo reaccionar. De pronto, el burlón de Luisito soltó la carcajada más grande que su boca le permití­a. Tan grande que parecí­a que sus dientes saldrí­an de su mandí­bula de rocinante. -Esto ya es personal-, pensó para sí­ misma la chinita.

Autor: Renzo Napa
Blog: Letras Prohibidas

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